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Nota de prensa acerca de la fiesta de villa celina, buenos aires

Volver a la Fiesta de villa celina

Los hombres de traje dicen ahora y levantan, todos al mismo tiempo, el trono repleto de flores. Lo hacen como si fuera un tesoro. Si se ladea, si alguno se atrasa o tropieza, la figura puede caer y quién sabe qué desgracias podrían sobrevenir entonces. Por eso hay que tener cuidado, caminar las quince cuadras de la procesión como quien tantea terreno fangoso en la oscuridad. Es que lo que estos hombres llevan sobre los hombros es el corazón mismo de la fiesta, nada menos que la Virgen de Copacabana, patrona de los bolivianos que viven en La Matanza y en cualquier parte del mundo. Hoy es su día, y para sacarla a la calle sus devotos la adornaron con tules, alhajas y billetes de cinco, diez o veinte pesos que prenden a su manto con alfileres de sastre.

Cuando la levantan, queda inaugurada la segunda fiesta boliviana más grande del conurbano bonaerense. En un rato seremos casi cuarenta mil personas, pero por ahora somos un par de cientos, en un prólogo que empieza al final de la misa, con la procesión por las calles del barrio. El recorrido es distinto al tradicional. Si años anteriores se marchaba por los terrenos baldíos de VillaCelina, en la edición 2009 nos internamos en una geografía en construcción permanente. La mayoría son casas de ladrillo a la vista, con losas y columnas que sobresalen de los techos, casi todas candidatas a convertirse en edificios.

Delante de la caravana van tres camionetas: una Kangoo, una Fiorino y una Traffic. Las tres están forradas con aguayos y frazadas multicolores. Sobre las telas, una mujer cose juguetes, muñecas, cubiertos de cocina, bandejas de plata, osos de peluche y miniaturas de instrumentos musicales. Detrás de ellos, el humo gris de un bracero de incienso se mezcla con el papel picado y las flores que cada tanto le tiran los devotos. Al fondo, un grupo de músicos argentinos y bolivianos baila en ronda y hace sonar quenas y sikus. Todos seguimos su paso lento. Recién al mediodía llegamos al predio de la Asociación Tukuy Kallpa. Es un lugar vacío, casi descampado. La virgen se posa sobre su trono y en la otra punta de la calle las fraternidades de baile se preparan para desfilar. En total, hay cincuenta grupos inscriptos. Algo así como dos mil bailarines vestidos de gala para representar a las distintas regiones y culturas bolivianas.

Bailando espero

La misión es encontrar a Don Wilfredo Fernández, presidente de la Morenada Real Oruro. Su grupo va a ser uno de los más numerosos del día y él se comprometió a llevarnos en sus filas. “A las doce en punto –dijo por teléfono hace dos horas–, lo espero frente a las vallas”. Pero el reloj marca la una, los primeros grupos empiezan a bailar y del hombre no hay noticias. Solo una pista: un grupo de Caporales que desfila acompañado con la banda Poopo 100%, la misma que tiene contratada la morenada de Wilfredo.

Los de Poopo marchan vestidos con trajes rojos y blancos, con la bandera boliviana bordada en la corbata. Son 25 músicos bien armados: llevan trompetas, bajo, contrabajo, trombones, clarinetes, saxos, bombos. Uno de ellos, el que marca el ritmo, tiene pintada la leyenda: “Bolivia, de lo bueno lo mejor”. Y también lo más caro: solo para desfilar durante el kilómetro y medio de hoy, a la Real Oruro le pidieron cinco mil pesos al contado. Lo que hacen ahora, acompañar a un grupo de Caporal mientras llegan los clientes, es apenas una changa.

El Caporal es una danza moderna. Se inventó en la década del ’70 y en Bolivia es considerado un baile de universitarios. En Argentina lo practican jóvenes que pueden soportar la exigencia física de las coreografías. El baile es puro salto, inflar el pecho y mantener la simetría con el resto de los bailarines. Es una marcha dura, que representa el paso de los capataces en las cosechas. Delante van los hombres, vestidos con trajes brillantes y botas con cascabeles. Detrás viene la banda, que alterna canciones tradicionales con melodías de Los Cadillacs. Las mujeres van al final. Usan vestido bien corto, corset, sombrero de cholita forrado en dorado y tacos. Por momentos mueven la cintura y se llevan todas las miradas del público.

Cuando el Caporal está por llegar frente a la virgen, suena el teléfono. Es Wilfredo. “Estamos por empezar –dice–, llegamos hace un ratito”. Y dice algo más, pero no llega a escucharse, porque ya estamos frente al altar de la Virgen y la banda sube el volumen. Algunos lloran de emoción, otros se tocan las piernas agarrotadas por el esfuerzo. El que dirige el Caporal hace una seña. Grita ¡ahora! y todos se arrodillan al mismo tiempo. Después, avanzan uno a uno y tocan el manto de la virgen.

Milagro barrial

La imagen de la Virgen de Copacabana llegó a Villa Celina a mediados de los ’80. La idea fue del Padre Severino, un cura que quería atraer a los inmigrantes a su parroquia. Los vecinos hicieron una colecta y mandaron un emisario a Bolivia. El tercer domingo de setiembre de 1986, el hombre volvió con la estatuilla, y desde entonces no pasó un solo año sin que se haga la procesión. Al principio era un homenaje austero, pero con el tiempo creció hasta convertirse en la segunda festividad boliviana en Argentina. La más grande es la de Charrua, en el Bajo Flores, que convoca a miles de personas. La de Villa Celina, que se organiza cuatro domingos antes, es considerada su prólogo.

Pero si las fiestas comenzaron en los ’80, el momento mágico, al menos para Gaby Luna y Benedicto Mariscal, tiene otra fecha: 21 de setiembre de 1990. El matrimonio de inmigrantes bolivianos, hoy uno de los organizadores del desfile, en aquel entonces soñaba con abrir su taller de chapa y pintura. Tenían en vista dos lotes que se vendían en un solo paquete, pero no podían pagarlos. La tarde del día de la primavera volvían de intentar una negociación y pasaron
frente a la capilla.

–Se abrieron la puertas –recuerda Gaby– y adentro estaba la Virgen. No había nadie, y era un día sin viento. Fue como un llamado.

–Entramos –agrega Benedicto– y le dijimos a la virgen: “Ayudanos con los terrenos y te vamos a bailar una Diablada durante tres años”. Desde ese momento hubo tanto trabajo que nos alcanzó para pagar los lotes, ir a Bolivia a comprar los trajes y contratar a una banda, así que pusimos a ensayar a toda la familia.

Desde aquel año, el matrimonio se unió a la comisión organizadora, y pronto quedó al frente. Hasta hace un año, Tukuy Kallpa garantizaba la fiesta de manera tradicional: al terminar la procesión se nombraba un pasante, que al año siguiente iba a ser el encargado de organizarlo todo. En Bolivia, la figura del pasante y del padrino es central para cada festejo. “Por ejemplo –explica Alfred–, si hay un casamiento, una persona sola no puede bancar una fiesta, entonces nombra padrinos: uno paga la banda, otro la comida, otro la cerveza. Lo mismo pasa con la virgen: el pasante tiene que organizar la parte religiosa, contratar la banda, los colectivos que van a traer los músicos, la comida, el sonido.Para algunas cosas podés conseguir padrinos o juntar dinero entre la gente”.

Si uno es pasante, gana en prestigio frente a su comunidad, agradece a la virgen y de paso se garantiza un lugar de honor en las próximas fiestas. Algunos lo hacen para ganar estatus social. Otros toman la tarea con mucho sacrificio, por pura devoción. El segundo caso es el de Enriqueta Jamachi, una verdulera cochabambina llegada al país en 1980, casada con un albañil y madre de dos hijos. Ella y su marido fueron los últimos pasantes individuales de la fiesta. Este año la responsabilidad es de la asociación entera.

–Yo –dice Enriqueta– lo hice en agradecimiento a la virgencita. Mi hijo enfermó y no le daban ni un cachito de esperanza. Tanto le pedí a ella, que mi hijo se puso bien. Me habían ofrecido varias veces ser pasante, y yo siempre dije ‘será el día que mi familia esté preparada’. Mi hijo perdió la pierna en 2002, y yo me preparé todos estos años, hasta 2007. Organicé la fiesta y dije: quiero que salga bien, sin ninguna pelea. Y así fue.

Para Guillermo Mamani, director de Renacer, el periódico de la colectividad, el éxito de las fiestas tiene que ver con un antiguo sentido de colaboración mutua. “Se aplican formas comunitarias adaptadas a la ciudad. Una figura tradicional es el ayni: todos colaboramos para que una familia le vaya bien en lo que hace. Después, esa familia ayuda a las demás. La primera aplicación del ayni es en la construcción: los paisanos dan una mano para que uno levante su casa. Pero para
ser una colectividad también hacen falta fiestas. El pasante recibe ayuda de los padrinos para organizar la fiesta, y luego la devuelve en distintas formas. En las fraternidades de baile se generan lazos que terminan yendo mucho más allá de la morenada”.

Por fin

Para llegar hasta donde está Wilfredo hay que desandar el camino. Ya son casi las tres de la tarde y entre nosotros se interponen varias cuadras de caporales, algunos de Tinku, Tobas y otras danzas. Los Tobas son los más llamativos. Adelante vienen mujeres con vestidos de telas andinas y piedras bordabas. En la cabeza llevan tocados de pluma a lo Nélida Roca, pero en versión originaria. Detrás vienen los brujos. Tienen trajes de leopardo, máscaras de viejo y mil cosas colgadas: cueros de animales, calabazas, caraveras.

Entre ellos está Miltón Mamani, estudiante de enfermería de 26 años, vestido con unas pieles de animales y una careta de madera blanca. De a ratos se saca la máscara y ayuda a organizar la fiesta. En esos momentos parece un agente de tránsito vestido con taparrabos.

–Los Tinkus –dice Milton– vienen de la parte andina de Bolivia. El Toba representa a las tribus que vienen del oriente boliviano, de las zonas cálidas. Mi bloque es de los Izozog, una etnia que todavía sigue en pie. Los Izozog antes eran guerreros y se rapaban para dar miedo: por eso nuestras caretas son frentudas, y las pintamos de blanco por los espíritus. Los saltos que hacemos son de la cacería y la guerra.

Un grupo de niños de poncho marrón anuncia que viene lo que esperábamos desde hace ya casi tres horas: la morenada Real Oruro. Hoy van a ser el grupo más grande del desfile, con unos 150 bailarines vestidos de civil. Los hombres –de traje impecable, pañuelo al cuello, sombrero y poncho de alpaca o vicuña– bailan con dos pasos para un lado, dos para el otro, como si la marcha les costara. Las mujeres van vestidas de cholitas, con vestidos de seda, enaguas y pañuelos de encaje. Cada bloque se diferencia en el color. Si el observador conoce los detalles, puede distinguir si representan a Oruro o a La Paz, si son cholitas antiguas o tradicionales.

María Eugenia, por ejemplo, tiene un vestido de seda violeta, guantes de encaje, botas altas y una cartera pequeña al tono. Cuando baila, pega el antebrazo contra el cuerpo y quiebra la muñeca al ritmo de la música. Si se le pregunta de qué baila, responde: “Soy empresaria. En este bloque la mayoría lo somos. Bailamos de cholitas antiguas.” Y enseguida agrega: “La morenada no es para cualquiera. Baila el que puede pagar. Cada año es un traje nuevo. El mío sale 1200 pesos.”

“Participar en el desfile –dice Alfred– es también demostrar cuan próspero es uno”. Algo así como la marcha del orgullo boliviano.

Mueva moreno

Wilfredo no baila en ningún bloque: reparte abrazos, soluciona problemas, alienta a los bailarines o les pide que vayan más despacio. Está vestido de traje, chal marrón, sombrero y un anillo de sello rojo.

–Tardé en venir –se disculpa– porque tuve que llevar a mi señora a La Salada.

Años atrás, él era contador de YPF y su mujer tenía puestos en la feria. Antes los alquilaban a otros paisanos, pero desde que Wilfredo se jubiló empezaron a vender ellos mismos. Faltar a la feria es no cumplir con clientes que vienen de todo el país. Pero ahora –tres y media de la tarde en Villa Celina– su preocupación es que la banda Poopo 100% no aparece.

–Tenían contrato para las dos en punto. Si seguíamos esperando íbamos a entrar últimos, así que tuvimos que contratar a una banda que estaba ahí, que nos cobró 120 pesos por músico.

Pero la banda nueva tiene un problema grave: toca morenadas de La Paz.

–¡No es lo mismo!– se queja una china morena. Está vestida de pollera corta y botas hasta la
rodilla.

–El ritmo de La Paz y el de Oruro son diferentes. Los músicos argentinos no saben diferenciar, porque tocan con partitura. Los bolivianos tocan de oído, y según el lugar tienen un ritmo diferente.

Con una banda de La Paz no podemos bailar. A mitad del recorrido se asoman los primerosmúsicos de la Poopo 100%. Después de una discusión con Wilfredo, los músicos se forman, hacen sonar los platillos y la morenada estalla. Algunos cantan: “Yo por tu amor que no daría / la luna el sol hasta mi vida/ morenita linda, aayy mi Cecilia”. Desde la vereda, una mujer grita ¡así se baila en Bolivia!, y todos aplauden. Son las cuatro de la tarde.

Reyes y esclavos

Hay tantas versiones del origen de la Morenada como bailarines. La historia más difundida es que el baile representa la marcha de los esclavos obligados a trabajar en las minas de Oruro y Potosí. Sometidos a tratos inhumanos y afectados por la altura, algunos de los morenos escaparon y otros fueron trasladados a la zona de los Yungas, en La Paz, para ser empleados en los cultivos de coca y en la pisa de la uva. Algunas versiones dicen que la danza surgió de las cofradías de negros, como una forma de burlarse de sus señores blancos. Otros aseguran que fue una cargada de los indígenas para reírse de ellos, y que de allí vienen las máscaras con la lengua afuera y los ojos saltones.

Wilfredo, como todos, cuenta su versión: “La danza satiriza el sufrimiento que han tenido los esclavos. Dentro de las figuras de la morenada están los diferentes estamentos: están los Reyes Morenos y los Super Achachis, que son los viejos con mayor opulencia. Ellos traían a los negros y los vendían. Después viene el Caporal, que es el que hacía trabajar a la tropa, y debajo de todo están los esclavos, los morenos. El ruido de las matracas representa el trajinar de
los grilletes y las cadenas.”

–Hace un rato nos dijeron que en la morenada baila el que puede pagar. ¿Cuánto cuesta desfilar con la Real Oruro?

–Nosotros cobramos 500 pesos más el traje. La nuestra es una morenada chica. Algunas tienen 500 integrantes y para bailar en Charrua cobran 380 dólares por persona. Eso cubre la banda y el traje. Después, en cada ensayo hay que poner 100 pesos para lo que se consume. Hay una canción que dice: “Si quieres bailar morenada, tienes que tener platita, platita para gastar, platita para gastar”.

–Suena a que se mueve mucho dinero.

–Yo hice un estudio de Charrua en 2007 y es una fortuna: se mueve casi un millón y medio de dólares. Este año vienen unos 2.500 músicos de Bolivia. A nosotros, una banda de 70 personas nos ha cobrado 20 mil dólares, pero lo que aumenta el precio es la comida y el transporte, que lo suben a 45 mil. Se cubre con la cuota que la gente paga para bailar.

Trajes

Johnny es proyectista: dibuja planos de refinerías para una multinacional petrolera. Hoy, esos 120 kilos de pura energía cochabambina están enfundados en un traje de Achachi, uno de los pocos que brillan en la fiesta. La mayoría de los bailarines se organiza para alquilarlos en Bolivia, para usarlos en octubre en Charrua, pero Johnny prefirió aprovechar las vacaciones y darse el gusto: fue hasta Oruro y se compró uno. Fabricar ese traje aquí sería imposible. Las piedras de Checoslovaquia, los hilos de la India, las telas de lamé y, sobre todo, la sabiduría de los artesanos, son imposibles de conseguir en el país. Se calcula que este año se van a traer desde Bolivia 3.500 trajes en alquiler. Y que cada uno será un obra de arte.

–Un artesano –asegura Johnny– tarda 20 días en hacer un traje. Si te fijás, cada perla está costurada una por una.

Quizás por eso, cuando el Achachi mueve la cola dorada de su traje para un lado y para el otro, el público lo esquiva con respeto, como si llevar esos quince kilos de brillo, plástico, telas y cartón lo convirtiera en un ser frágil y luminoso. Y hay que verlo a Johnny, moverse como si fuera la última vez. “El sobrepeso –confesará más tarde– no me deja bailar, pero igual no puedo parar. Es inexplicable”.

Faltan algunos metros para llegar a la virgen, el sol pega directo a los ojos y los morenos gritan ¡esa! ¡vamos! Desde arriba de una loza, el locutor larga un ¡bienvenida a la poderosa Morenada Real Oruro! Y enseguida agrega ¡adelante móvil uno! El móvil está a tres metros de ahí, y narra cómo entran los bailarines. Los morenos desfilan frente a la virgen, se sacan el sombrero y la saludan. Enriqueta Jamachi se acerca a Wilfredo y le da un trofeo con la imagen de la virgen y las banderas de Argentina y Bolivia. Wilfredo avanza con el trofeo en la mano y una cholita a cada lado. Amaga unos pasos de baile, se saca el sombrero, toca a la virgen y pasa a un backstage del predio, donde sus compañeros lo esperan para sacarse fotos.

Al rato cae el sol. En las calles de Celina siguen desfilando otras fraternidades. Están por ser las seis de la tarde y la fiesta se dividió en mil partes: está en la procesión pero también en los puestos de comida que ofrecen chicharrón, salchipapas, asado vallegrandino, anticuchos o cualquier plato boliviano que uno quiera comer. Las familias se reúnen en pistas de baile improvisadas, o frente a la pantalla en los puestos que venden DVDs.

El visitante novato queda impresionado, pero Alfred dice que no, que todavía no hemos visto nada. “Lo bueno –asegura– va a pasar en un tiempito. Esto es solo para calentar motores”. La cita es el próximo domingo, 11 de octubre en el Barrio Charrua, frente a la cancha de San Lorenzo. La fiesta más grande.

(aparecido en la Revista C, del diario Critica el 4/10/09)


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